En Otros Lares / Otras Épocas, presentamos una selección de poemas del español Iván Gonzalo Rodríguez.
A HERMIONE GRANGER
Es hermoso pensar
que hubo un invierno, que hubo lluvia sobre los patios
de los años dos mil, y una luz malva de televisor
como el fanal de un puerto.
Todo era falso y espléndido: el oro de utilería,
las bibliotecas de cartón piedra, las velas
flotando en un aire de mercurio y de papel de plata,
los internados imposibles bajo la nieve imposible,
y aquella muchacha
levantando la mano en la penumbra de una clase
con el pelo como un incendio mal apagado.
Wingardium Leviosa.
Escribo la palabra y no pasa nada.
En la cinta pasaba. Yo la vi.
La pluma se elevaba
lentamente, como se elevan en las viejas películas
los telones, el humo de los transatlánticos,
las manos de las actrices
al despedirse en los andenes de un país que no existe.
El mundo obedecía.
Bastaba pronunciar bien, y poner el acento
justo donde iba.
Después he pronunciado mucho.
Nunca ha vuelto a subir nada.
Íbamos los dos cumpliendo la misma edad,
y ella era el calendario luminoso de mi propio deterioro.
Alguien apagará la luz.
Yo creí en su magia
y aún hoy, alguna noche, entre la lluvia
y la mujer que duerme al lado como duerme el agua en los jarrones,
busco mucho rato una palabra, la encuentro, la digo despacio,
y algo se mueve apenas. Poca magia. Una miseria de magia.
Es hermoso. No tengo otra.
Dicen que al final pesan el corazón contra una pluma
y que solo pasa el que no pesa más.
Llevo desde los once años entrenando para esa balanza.
Tengo una lluvia, un invierno, una mano en el aire.
Que vengan cuando quieran.
Peso exactamente eso.
A UNA PLACA DE CAMDEM TOWN
I
Huele a cebolla dulce y a grasa de cordero
y por debajo, más flojo, a orina de anoche
que la manguera municipal ha extendido sin retirar.
Bajo todo eso hay un disco de latón con su nombre.
El sol lo pone caliente, como una moneda
que ha estado demasiado rato en la mano de otro.
Le pusieron icono, ese ruido que hacemos
con la boca cuando no la queremos abrir del todo.
La muerta no se puede negar;
la definición es más o menos esa.
Cantaba como si le doliera.
No sé de qué otra forma se hace.
Ahora su voz cabe en un metro de diámetro
y no vibra. Se le pasa
un cepillo mecánico los martes
y queda con ese brillo de bandeja de autoservicio,
tibio, ligeramente aceitoso, apto para el consumo.
Una mujer sorbe noodles de pie sobre la I.
El vapor le sube a la cara y no se aparta.
Al terminar, escurre el caldo por la ranura del borde
y el caldo entra en el nombre y se queda ahí,
comiéndose el metal despacio,
haciendo lo único que ya puede hacerse por ella.
Y a mí me gusta ese olor.
Se me hace la boca agua encima de una tumba plana
y sigo andando con hambre, obediente
y bien alimentado.
II
A la gente le gusta que sus muertos estén en algún sitio,
preferiblemente uno solo, preferiblemente marcado.
Si alguna vez me ponen una,
que la confundan con una tapa de registro:
que crean que debajo hay agua o cable o gas,
algo que la ciudad necesita
y por eso no se toca.
SE HACE ASÍ
Me he vuelto a hacer pis en la cama.
Dos noches. Tres, con esta.
Antes no me pasaba. Yo ya era grande.
No lo he dicho.
Lo he tapado con la manta y me he puesto encima
hasta que se calentaba.
He preguntado dónde está.
Me lo han dicho y se me ha olvidado,
y he preguntado otra vez, y otra vez,
y a la cuarta una señora se ha salido del cuarto.
Yo no pregunto por preguntar.
Es que me lo dicen y no se queda.
Dicen que ha sido un servicio al país.
El país es un mapa que hay en el pasillo del cole.
Dicen que duerme.
Entonces yo no quiero dormir.
Me aguanto con los ojos abiertos hasta que me pican,
porque si me duermo a lo mejor es eso,
a lo mejor es así como se hace.
Yo hacía la mano en la ceja con esta mano. Con la mía.
La subía y el helicóptero bajaba en la hierba
y se abría por un lado y salía él.
Todas las veces. Todas.
No falló ninguna.
Y vino un señor a un pasillo y se agachó
y me dijo que esa mano estaba mal.
Y me cogió la muñeca y me subió la otra.
Me la subió muchas veces.
Muchos días.
Hasta que me salió como a los soldados.
Y yo la dejé de hacer con la mía.
Y se fue en el avión.
Y no ha vuelto.
Lo he pensado mucho. Lo he pensado tantas veces
que ahora me duele la tripa y no quiero comer,
y no se lo he dicho a nadie.
Hoy había una caja en las escaleras
y mucha gente mirando
y mamá me apretó el hombro, que quiere decir ahora,
y la subí con la de los soldados,
recta, la mejor de todas,
y se puso a llorar todo el mundo.
Y eso es que no.
Eso es que esa mano no vale.
Esta noche, cuando apaguen la luz,
la voy a hacer con la mía.
La voy a hacer como antes, como cuando funcionaba.
Y no se lo voy a decir a nadie.
Iván Gonzalo Rodríguez (Madrid, 1991) es poeta, crítico y antólogo. Formado inicialmente en Comercio Internacional, Transporte y Logística, actualmente cursa estudios de Filosofía en la UNED y un Máster en Strategic Business Analytics en EAE Business School, formación que ha ampliado con estudios en pensamiento político, teología y geoestrategia.
Su obra poética ha sido incluida en diversas antologías, entre ellas 24 poetas tímidos (Amargord, 2013), Madrid en trazo y verso (Séxtasis Ediciones, 2017) y 54 poetas que corrieron la maratón de Chicago (Ars Poética, 2018), así como en publicaciones literarias como Canibalismos, Maremágnum, Pineal Magazine, Santa Rabia Poetry y Casapaís. Ha obtenido distintos reconocimientos en certámenes literarios y ha colaborado con medios y revistas especializadas como Licencia poética, Oculta Lit, Ariadna R-C y Philobiblion. Revista de Literaturas Hispánicas. Como antólogo y editor, preparó Luz Violenta. Antología poética 1998-2021, de Jesús Urceloy, publicada por Reino de Cordelia en 2021.