Otros lares/Otras épocas

Hambre, un cuento de Doğan Başkası

Doğan Başkası

En la sección Otros lares / Otras épocas compartimos el relato Hambre, del escritor turco Doğan Başkası.

Doğan Başkası (Gazipaşa-Antalya, Turquía, 1992). Escritor y poeta turco. Reside en Colombia desde 2015 y escribe en español. Su primera novela, Jauría (2022), y su poemario debut, Paraísos inversos (2024), fueron publicados en Colombia. Sus poemas han aparecido en antologías y revistas literarias de Colombia, Argentina, Noruega, España y Turquía. Başkası lidera el proyecto de traducción "Poesía turca jamás traducida"(@poesiaturca), un espacio dedicado a difundir la poesía turca contemporánea en el ámbito hispanohablante.

HAMBRE

 

Es un bosque. Se sueña en un bosque. El estruendo de un río recorre la espesura y escarba sus oídos. Agazapada sobre el suelo blando, entre los troncos, avanza discreta, de puntillas, acechando a un pájaro. El ave camina con pausas, pasos cortos; no ha advertido los pies que replican su caminar o aún no siente una amenaza. Debajo de las raíces de un árbol derribado picotea la tierra y ella lo mira, lo escudriña con deseo de atraparlo y meterlo en su boca. Se tuerce una larva en la punta del pico y el pájaro está en sus manos, para estrujarlo, para enterrarle los dientes y escuchar el crujir de cartílago dentro de su boca. Le cruje la mandíbula, la tráquea, las sienes, como si no masticara al pájaro, como si se le doblara el cráneo y se ovillara hasta juntar la frente con el mentón, arrugándose hasta parecer una bola de papel, con el ruido de papel crudo dentro de su boca, de quijada enorme, mascándose el propio cráneo. Mira la espesura, se sume como un pájaro y mastica despacio, con el crujir de sus dientes, unos masticando otros más blandos, abandonando su dureza al compás de la mandíbula, con una boca llena de dientes pequeños y grandes, de trituras de muela, de pavor, frente al paisaje de los árboles caídos. El que hizo esto a los árboles, piensa, ¿qué nos haría a nosotros? Advierte un grito: es su nombre. Otro grito, otra vez, su nombre, seguido por un silbido. Otro silbido, de más cerca, un ¡shhh!, como si le exigiera silencio a su cráneo, un ¡shhh!, desafiando al rumor del río. Su nombre perfora la maraña verde una vez más y otro ¡shhh!, todo se calla, es ella la única que debe hablar, pero no puede hablar, su boca está llena de cartílago y un líquido pastoso, o una placenta, con olor a cuerpo. ¡Shhh! El silbido de cerca es su marido. Él la agarra, la arrastra de la mano y empiezan a correr. ¡Shhh! Otro crujido, largo, estrepitoso, fuera de su cráneo. El ruido estremece las hilachas de un sauce y se ofuscan en el bosque los haces de sol. ¡Shhh!

Despierta con la boca amarga, con sofoco y dolor en las sienes. Acostada boca arriba sus ojos empiezan a reconocer las láminas de zinc. El peso de los párpados desplaza su mirada hacia los tablones y casi la vuelve a sumir en el sueño. Ella resiste al sopor, se concentra en la puerta de material reciclado, en la textura que recuerda la piel de un jaguar: está en su hogar, es la cabaña de su familia. ¡Ssshhk! Un sonido áspero rasga el rumor en el aposento. Ella tarda en registrarlo. Su mente entumecida por el hambre y el letargo es abrasada por una quemazón emergente en sus muslos. La incomodidad le urge cambiar de posición. Al apoyarse de los codos suena un crujido y una punzada en el espinazo la postra en la cama. ¡Ssshhk! El dolor le recuerda el resbalón, la caída en el primer día en que se desbordó el río, la roca que llevaba tanto tiempo inofensiva al lado del corral, tantas veces desapercibida en el trajín de la casa y del huerto. Afuera no hay nada, sólo el río y la aldea bajo el río, la tierra devorada por las aguas del mismo color que la tierra. Las pocas cabañas que sobrevivieron ahora parecen islotes, como la suya, que es un cayo circundado por los torrentes y el rugido, a la espera de alimentos, de rescatistas, de una lancha ambulancia, como esperan al río. ¡Ssshhk! Ella intenta alzar la cabeza y mirar la manta que cubre sus piernas inertes, que parecen no pertenecerle más, no estar allí, una masa desvanecida de quemazón y hormigueo. Otra punzada, esta vez en la nuca, vuelve a posar la cabeza en el cojín. El dolor se esparce, le repta por el cuello y por las orejas hasta amalgamarse con el dolor que trasiega entre la frente y las sienes. ¡Ssshhk! El sonido irrumpe una vez más. Con la mirada clavada en el techo aguarda su reaparición. ¡Ssshhk! Siente la necesidad de ver lo que oye. Oírlo no basta. Vuelve la cara hacia el origen del ruido y entra en su vista la figura de espaldas de su marido en el rincón de la cocineta. Él está de pie, con una camisa blanca ajada, sucia, con bolitas oscuras hacia el hombro derecho y con los pantalones marrón, que viste cuando lidia con los animales o labra la tierra. ¡Ssshhk! Es un ruido de fricción, de raspado, se alarga en una superficie áspera y termina con un golpe de silencio, un silencio que se adivina entre el rumor ya familiar de las aguas. ¡Ssshhk! Un brazo de su marido le cuelga y concluye en un codo doblado, redondo como un muñón, sin el antebrazo a la vista. El otro, al compás de los intervalos del sonido, se asoma por el otro flanco del torso. Inclinada la cabeza hacia delante, debe estar vigilando algo que sostiene en sus manos. En medio de los hombros robustos se divisa apenas la nuca como un montículo beige y da la impresión de un hombre decapitado. ¡Ssshhk! Ella levanta sus brazos. Sus brazos se levantan. Las manos están en su lugar, ellas le responden y un olor agrio se escapa de las axilas. El sofoco arremete contra su cuerpo envuelto en prendas de ropa y frescas gotas de sudor engrosan la capa sebosa que le cubre la frente. Gira su cabeza a la izquierda, con esfuerzo, hacia un punto que no alcanza con los ojos, más allá del espaldar de la cama. ¡Ssshhk! Ella aprieta los dientes por el calambre incrustado en la nuca hasta alcanzar a ver otras manos: son manos pequeñas y se mueven en el aire, se bambolean, una agarra el borde de la cuna por un momento y busca la otra. La cuna está posada sobre el gran tocón de árbol que utilizan como mesa de comedor, casi idéntico al tocón en el jardín que en ausencia de animales ya no sirve de tajo. ¡Ssshhk! El sonido de fricción es de metal, piensa, a lo mejor de metal y piedra, pero no es de dos piedras. Un cuerpo metálico frotándose contra otro cuerpo. Recuerda haber oído antes sonidos parecidos, muchas veces afuera, en el jardín, pero nunca adentro, en la cabaña nunca. Abre la boca para llamar a su marido. En cuanto hace el intento apenas emite un hilo de voz que se diluye entre el implacable rumor del río. Tiene la boca amarga y árida, la garganta débil. Siente la singladura de aquel dolor difuso entre las sienes, orillando el muro de la frente desfallecida. ¡Ssshhk! Conforme se ablanda y enflaquece la carne en desnutrición, siente que sus sesos también se están demacrando, desvaneciendo por porciones, y ahora en su lugar divagan huecos sin forma, huecos flotantes como islotes de vacío, irremediables, abatidos por una densa niebla de dolor. Después del tercer día el hambre asciende y recurre más en la cabeza que en el estómago. Se amansan los retortijones, el desespero y las ganas de comer; nace la ilusión de ser capaz de resistir más de lo esperado. Cuando el hambre vuelve a descender ya rasguña con menos rigor que antes, pero al fantasear con el acto que saciaría esta dolencia se desea que los bocados de comida no se dirijan hacia abajo, al estómago, sino hacia arriba, por el camino breve, a la cabeza. Después del tercer día. El hambre de ella ya nunca desciende al estómago, no sabe hace cuánto fue el tercer día. ¡Ssshhk! Mis piernas, el huerto, el corral, piensa ella, pero mi casa no, no la engulleron las aguas. Quizá iban a quedar sin qué comer, pero no quedaron a la intemperie, y tampoco a la deriva, como los cuerpos que todavía se asoman por el caudal. Piensa en cómo lo consideró una fortuna en los primeros días. Con mirada ausente procura descifrar la especie de fortuna que han tenido. ¡Ssshhk! Recuerda los llantos de la bebé en los días que precedían al letargo y los confunde con el chirrido metálico. Escucha con detenimiento para asegurarse de que no son chillidos suyos. ¡Ssshhk! Es de metal, de piedra y metal, como cuando lo oía en el jardín, sobre el tajo, cuando estaban los animales. Ya no están los animales. Ya no está nadie. Se salvó su hogar en lugar de sus piernas, y ella, su marido y su bebé en lugar de los animales. La bebé está en la cuna, puesta sobre el tocón, la mesa de comer. Ella se apoya con los codos y reúne sus fuerzas por sostenerse pese a las punzadas en el espinazo. Quemazones y hormigueos se diseminan por sus piernas fantasmas. Llama a su marido. ¡Ssss! El marido levanta la cabeza, recobra la figura de hombre entero sin moverse de su lugar. Vuelve la cara, una parte de su cara de barba hirsuta para mirar de soslayo, por encima del hombro, hacia donde está la bebé. Mira la cuna sin inmutarse, sin girar el cuello hasta el lecho de su mujer, como si dudara de haber oído una voz, como si no reconociera su nombre. Transcurre el rumor. El hombre se vuelve a lo que está delante de él. ¡Ssshhk! Ella lo mira perpleja. El codo izquierdo del marido retoma el vaivén y empieza a surgir por el flanco de su cuerpo, sobresaliendo a intervalos, crispándose. Ella lo llama por su nombre una vez más. ¡Ssshhk! En el instante su voz coincide con el rechinar metálico, breve como una colisión, una flecha atravesándole el cráneo. La estridencia del ruido se expande entre sus huesos. ¡Ssshhk! Otro raspado corta la estela del anterior como un bisturí. Ella vuelve a llamar a su marido, pero el hombre no parece oírla. No se mueve de su lugar. ¿Es posible que no oiga su voz? Por una mejilla se le resbala una gota de sudor, trazando un lento sendero de cosquilleo. Las piernas no se mueven de su lugar. No le responden. Su marido no le responde. Ella está aquí, atrás, en el lecho como ayer, como hoy. No hay nadie más en la cabaña, como siempre, como hoy. ¡Ssshhk! La bebé rompe en llanto, se funde con el compás del raspado de metal, sucediendo cada berrido seco a otro con filo. Ella llama otra vez el nombre, más fuerte, con un grito seco, una rajadura en la garganta. El hombre no reacciona al llamado. Inclinado hacia sus manos es un hombre sin cabeza, un codo que se crispa fuera del torso como un tic, como una hernia. ¡Sssssshhk!

Una última incisión se abre en el rumor del río.

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