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Tres poemas de Tatiana Peláez

Tatiana Peláez

En Voces de Colombia, presentamos una selección de tres poemas de la bogotana Tatiana Peláez.

 

HUÉSPED

 

Ella suele sentir más

que los otros

que yo.

Se asusta fácil

se ahoga.

Se le olvida que sabe nadar.

Me culpa

no me lo ha dicho

pero es por mi culpa

por mi gran culpa.

Se retrae

luego me busca.

Es una gata consentida.

 

Yo no hice nada.

La amé

piel a piel

piel mucosa

una y otra vez.

Llora porque no es la única.

Yo tampoco he sido el único en ella.

He entrado en más cuerpos

y ella no entiende

que eso no tiene nada que ver

con el amor que le profeso.

Se está ahogando

yo lo siento.

Cada vez que patalea

me expulsa.

 

La contracción violenta

me saca de sus ventrículos

y me deja en su estómago

ácido

famélico.

Me carcome

me corroe.

 

Yo no hice nada.

–Tranquila, le digo.

No quise viajar de São Paulo a Bogotá

y ya no puedo trepar por su esófago

alcanzar su corazón

ordenar el caos

arrullarla.

No puedo llegar a su garganta

ni deshacer el nudo.

 

Me estoy muriendo.

Soy un pedazo de carne putrefacta

que la intoxica.

Debe expulsarme.

–Tranquila, le digo.

pero no escucha a sus tripas.

Siente mucho.

 

El médico dice  

“Te quitaré un parte muy tuya”.

Me maldice.

Tengo miedo.

Quiero dejarla tranquila

encontrar otro cuerpo.

Busco mudarme a su útero

salir por donde tantas veces entré.

No me va a parir.

Ya no produzco espasmos de placer en su cuerpo

ella no malpare.

 

Ahora estoy enquistado en su intestino,

soy una ameba

que le causa dolor.

Se retuerce

suda frío.

Se envenena para expulsarme.

Seré la mierda

que me mandó a comer.

 

 

 

ASIMETRÍA

 

Una mesa

pretende sostener

una sandía redonda y jugosa.

Los dos construimos ese altar.

Yo puse el primer par de patas

ambas largas y fuertes

como las dos veces

que atravesé el continente

sólo para verte.

Tú pusiste las otras dos,

ambas cortas y débiles,

como tus ganas de verme.

La sandía verde rodó

por el lado más débil del mueble.

Un altar maltrecho

no puede fingir

que es digno

de esa ofrenda sagrada.

 

 

 

ES CUESTIÓN DE HACER SUDOKUS

 

Lo primero que hago

cuando me levanto

es barrer el patio.

Muevo las hojas

que soltaron

en la noche

al mamoncillo

donde Laura

pequeñita

se columpia.

Las hojas son de un mango

Claro, de los mangos

que se cayeron anoche

con la tormenta

y mataron a mis pericos australianos.

bailo con la escoba

sobre el pavimento

seco

caliente

¡Soy buena haciendo oficio!

No hay ni una hoja

ni un mamoncillo estrellado

ni la pepa de un mango

mordida por alguno de los perros.

Leoncico, el bóxer

que trajo mi marido de

Rex, el pastor

¿”Alemán”, dijo Yolanda?

Coco, uno chiquitico

de Laura pequeñita.

En la mitad del patio

había un mamoncillo

hubo un mango.

y ahora se columpia una niña

que llaman “Ana”.

Una mujer, Andrea, me dice:

“Abuela, soy Laura”.

No hay una hoja

ni una pepa

ni una fruta rota.

Todo limpio

como todas las mañanas.

Soy buena haciendo oficio

pero recordar

es cuestión de hacer sudokus.

Tatiana Peláez Vanegas (Bogotá, 1994). Periodista y politóloga de la Pontificia Universidad Javeriana. Sus cuentos El Cervatillo y El día que sentí compasión de Dios fueron publicados en el diario El Espectador, en la sección Cuentos de sábado en la tarde. Desde 2014 escribe poesía y ha participado en cursos y talleres con las poetas María Paz Guerrero, María José Sánchez y Daniela Prado. En 2025 finalizó su primer poemario, Los pájaros volaron sin destino.

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