Voces de Latinoamérica

El sol en mis vidrios rotos, un cuento de Guillermo Franco

Cuentista paraguayo Guillermo Franco.

En Voces de Latinoamérica compartimos el relato El sol en mis vidrios rotos, del paraguayo Guillermo Franco.

Pablo Guillermo Franco Beltrán (Ciudad del Este, Paraguay). Es autor de los libros de cuentos: Paralelo (2022), La grieta en el cielo (2023), El oro del laberinto (2024) y Sueños enquistados (2025), publicados por Editorial Rosalba. Es coautor de Ha´anga hai anga – Dibujando el alma (2021), proyecto ganador de los Fondos del Instituto Paraguayo de Artesanía. Es el actual Secretario de Actas de la Comisión Directiva de la Sociedad de Escritores del Paraguay (SEP).

EL SOL EN MIS VIDRIOS ROTOS

Cuando mi cuerpo dejó de funcionar, me pusieron en un robot. No del tipo con los cuales Sarah Connor tenía que lidiar, sino de esos que son de plástico y tienen en su espalda un botón de encendido/apagado. A mi familia no le daba para más. Supe de casos de mentes que habitaban en praderas inmensas, con cielos anaranjados que se concentraban en una memoria que cabía en la superficie de un alfiler, como si fuesen pokemones. 

Uno nunca está conforme con su suerte, ¿verdad? De haber vivido en otra época hubiese muerto sin más. Todos me repiten que hay que agradecer, no sé si a alguien en específico, al azar de haber nacido en este tiempo o a los científicos que incineran sus neuronas tratando de meterse las reglas de la realidad en el bolsillo. El receptor del agradecimiento era indeterminado, porque mi familia no quería pronunciar el nombre de Dios por temor a que la lengua se les saliera de la boca y empezara a andar por calles y avenidas para difundir la palabra. 

Pese a toda la insistencia, no estaba agradecido. Ni siquiera podía oler el plástico caliente de mi cuerpo al estar unos cuantos minutos al sol, con los pájaros en frente dando vuelos en patrones bastante sospechosos. Podría jurar que es la misma abeja la que se posa todos los días en el girasol que está frente a mi casa, un ronroneo sale de su aguijón, similar al motor de un fusca. 

La señora Susana vino a visitarme. La semana pasada cumplió ciento dieciséis años y el cuerpo que le mandaron hacer es el que tenía a los cuarenta y tres. Me aseguró que ese fue su mejor año. Su casa está frente a la nuestra y me preguntó por qué la de ella es significativamente más austera; sin embargo, ella tiene músculos y tendones sintéticos y yo brazos de plástico sin codos. Tal vez haya juntado la mesada que sus padres le daban, durante décadas, previendo su traspaso a un cuerpo digno.

No entiendo bien cómo funciona la administración del hogar, y ya no voy a poder entender esa materia, porque si meto más información a mi cabeza, tendré que eliminar otros archivos que no quiero que paren en la papelera: como el recuerdo de la vez que Aurora rozó mi mano por error y la sangre se me agolpó tanto en la cabeza que los oídos estuvieron por reventarme. Digo que no entiendo la administración del hogar porque yo estoy acá, en unos cuantos centímetros cúbicos de plástico y a mi hermano le regalaron el cosmos comprimido en un dado para que pudiera apreciar los cuásares sin tener que surcar el universo. 

Hice una copia de los rizos de Aurora en PNG, recorro cada píxel, caigo en una avalancha de fuego castaño que ondea a través de mi memoria. Para que cupiera la imagen en máxima resolución, tuve que eliminar el nombre de mi madre. Al nacer tuvo que cargarme en brazos y ahora quepo en una sola de sus palmas. Me lleva hasta el marco de la ventana en un acto de supuesta bondad, para que aprecie cómo el sol sale por un lado y se esconde por el otro. El olor del pasto recién cortado tras haber sido empapado por el rocío ya no me llega. Del olor recuerdo su definición: emanación de los cuerpos capaz de ser percibida por el sentido característico situado en la nariz. Soy Orfeo en el templo escondido en la isla de Lesbos, pero sin lengua. Elimino estos datos. 

Borro de mi memoria el recuerdo de mi padre despidiéndose de mí antes de subir a su módulo de comando para emprender su expedición al borde del cosmos. Ocupo ese espacio con un recorte de los ojos de Aurora, me ahogo en el vasto matorral de su iris, dejo que sus párpados me aplasten. 

Mi hermano se tragó el dado luego de ver en una de sus aristas que papá se encontraba flotando hacia un agujero negro. La información infinita colapsó en su estómago y murió asfixiado por la espuma de mil nebulosas. Sospecho que mamá robó el dado a Carlos Argentino Daneri en uno de sus encuentros amorosos. 

Borro de mi memoria todos los recuerdos de mi familia. 

Una mujer me agarra del brazo y me pone en el marco de la ventana, de cara al sol de la mañana. En el reflejo del vidrio están sus pies oscilando en el vacío y un niño dormido bajo ese vaivén. Un péndulo de carne impulsado por los músculos del viento. Un cuerpo de plomo que se ancla en la alfombra de la sala. 

La brisa me besa la nuca, o en el resquicio entre el cubo de plástico que es mi cabeza y el paralelepípedo que es mi tronco vacío. El impacto con las baldosas de la vereda me divide en partes y luego de que el tiempo se arrastrara cansino por la cuadra, un hombre con guantes de cuerina me tira a la tolva de un camión y una tonelada de residuos me enceguece por completo. 

Borro de mi memoria las pirámides y las medallas, los continentes y las caras, el pasado vuelto polvo en un tarro de leche, el último poniente se desvanece tras el canto del último pájaro. Veo el entramado de mi mente y elimino las palabras que sobran.

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