En Voces de Latinoamérica, presentamos una muestra de la poesía de la hondureña María José Cáceres.
HAMBRE DE CAUCE, SED DE ÁRBOL
Un misterio y un sueño.
¿Debería parecer mi vida temprana?
Edgar Allan Poe.
Me detengo frente al río.
Mi sed no es de agua,
es de destino.
Tiro mi dolor
como quien suelta una piedra,
pero mi dolor no tiene forma
es una rama seca que flota,
que se niega a hundirse,
que regresa siempre
a la orilla de mi cuerpo.
Me detengo frente al bosque.
El bosque no me consuela,
simplemente me deja estar,
tan pequeño y tan herido,
mientras el mundo
sigue ocurriendo
a pesar de mí.
Mi dolor es este:
quererlo todo ahora,
con este anhelo
quemándome el vientre.
Sentir que el tiempo
es un animal
que me pisa los talones
mientras el mundo me pide
que sea suave,
que sea fértil
como la tierra que piso.
Estoy llena de un
“todavía no”
que me asfixia.
Soy joven, soy mujer,
y tengo el pecho abierto
esperando algo
que el bosque calla
y que el río, en su prisa,
no me quiere entregar.
Mi dolor es este:
estar llena de mundo
y no saber dónde volcarlo.
LA MIRADA OBLICUA
Habito un mundo de espirales de agua.
Camino por la constante de un flujo
que gira sobre sí mismo,
trazando trayectorias previsibles en la penumbra.
Donde la refracción de la luz
suele alterar la percepción de lo distante.
Cada elemento modificado por el contacto se diluye,
deja una estela breve y cede el paso a la quietud.
Es la certeza de una sobriedad desapasionada:
comprender que la corriente
retorna invariablemente a su origen,
que la memoria suspendida no se hunde,
y que la naturaleza propia, análoga a este entorno,
se limita a converger de manera inevitable
hacia el eje de su propia acuosidad.
INCONTENIBLE
A mi madre, Nolvia, que se sentó
a la orilla para acompañar
mi desborde.
He visto que la línea recta
es una exigencia.
Se me presentó como el modelo
para el progreso, el éxito
y la vida correcta.
Se me dijo que evitara las curvas.
Pero la naturaleza se niega.
El río meandra, negocia con el terreno.
Veo la montaña y sus contornos
son una acumulación
de irregularidades y fallas.
Mi propio camino, he de reconocerlo,
ha sido, por necesidad intrínseca,
una serie de desvíos,
un rechazo involuntario.
Es por ello,
que he elegido el camino
que serpentea y respira.