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Primer capítulo de Barrio Bomba, novela de J. J. Junieles

J.J. Junieles
Fotografía tomada por Andrés Martínez Ramírez

Plantígrados comparte el primer capítulo de Barrio Bomba, segunda novela del escritor colombiano J.J. Junieles.

J. J. Junieles. Nació en Sincé (Sucre, Colombia) en 1970. Creció en Cartagena de Indias y desde hace veinte años reside en Bogotá. En 2022 obtuvo el Premio de Cuento Ciudad de Bogotá–IDARTES, y fue seleccionado por la revista The London Magazine (Reino Unido) para su especial sobre literatura colombiana contemporánea. Es autor de las novelas El hombre que hablaba de Marlon Brando (Planeta, 2020), que será traducida y publicada en Italia en 2026, y de Barrio Bomba (Periscopio Editorial, 2025). Ha publicado los libros de cuentos Con la luz que me queda basta (2007), El amor también es una ciencia (2009), Todos los locos hablan locos (2011) y Las canciones te salvarán de las noches más oscuras (2024). En poesía, cuenta con cinco libros publicados, entre ellos Te falta cumbia, mi amor (2025), su título más reciente. En 2002 ganó el Premio Nacional de Literatura Ciudad de Bogotá en la categoría de poesía. En 2007 recibió la Beca de Residencia Artística del Banff Centre for the Arts (Canadá), obtuvo el X Premio Internacional de Poesía “Nicolás Guillén” (México–Cuba) y fue seleccionado por el Hay Festival para el proyecto Bogotá 39. Se ha desempeñado como profesor de narrativa en la Maestría en Escritura Creativa de la Universidad Nacional de Colombia, docente de guion en la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá y director del Taller de Novela del Ministerio de Cultura de Colombia. Estudió Derecho y Ciencias Políticas en la Universidad de Cartagena, y Gobierno y Asuntos Públicos en la Universidad Externado de Colombia.

DONDE SE CUENTA EL ORIGEN DEL MUNDO Y LA ABUELA SAGRARIO DICE: “¡NOS SALVAMOS PORQUE ARRIBA DE DIOS NO VIVE NADIE!”

Mi recuerdo más antiguo es donde estoy sentado en las piernas de Natividad Bonanza, mi madre, tomando leche de una botella caliente, observando sus pechos bajo la blusa, que subían y bajaban, subían y bajaban, y entonces me río, con una risa de la que ya no me acuerdo. Empiezo a toser, me falta el aire y estoy pálido como la barriga de un pescado. Mamá empieza a darme golpes en la espalda, con el cuenco de su mano, primero suave y luego fuerte, ¡tras!, ¡tras!, ¡tras!, y entonces regreso al mundo después de ver una luz al final de un túnel.

Así que comenzaré por el principio. ¿Cómo llegué a ser el espermatozoide más rápido de todos? Todavía no lo sé. Nací cansado, soy como esa gente que matan de primero en las películas de terror y me he tropezado tanto que ya caigo con estilo; con los años sabrán que incluso para aterrizar o estrellarse, en el peor caso, se necesita estilo. Todos lo saben, sobre todo ella, mi madre, que lo pregonaba desde el principio de los tiempos, porque recordaba aquellos días que duró pariéndome, mientras pensaba que de esa cama salía directo para el cementerio, sin haberse podido confesar y dejando esa criatura a la suerte de Dios y del Diablo.

Me imagino a mi madre haciendo fuerza, sacando aliento de donde ya no podía, su corazón convertido en un puño cerrado envuelto en sangre, tratando de expulsarme del vientre, entre los rezos y palabras de aliento de la partera para que no bajara los ánimos. “¡El dolor pasa, muchacha, pero la gloria del Señor es para siempre!”, gritaba la comadrona mientras cacheteaba a mamá, buscando despertarla de sus desmayos y delirios. ¡Eso sí era adrenalina!

Aquella mujer que mi abuela Sagrario había buscado tuvo que sacarme como pudo, ya sin aliento, tirando de mis pies con sus manos acostumbradas a los milagros de la vida, pero no a la rebeldía de algunos animales. Me cortó el ombligo con una tijera para castrar cerdos y motilar caballos, después me lo amarró con un cordón de los zapatos de mi padre, que estaba en el patio fumando y escuchando música en la radio como si no pasara nada en el resto del planeta, como si la vida no fuera con él, en este mundo donde si alguien se descuida se lo comen las hormigas o se lo lleva un perro en la boca.

Sin embargo, la gloria nunca llegó. “¡Muchacho bandido!”, repetía mi abnegada madre cada vez que me pillaba haciendo travesuras y maldades, y recordando lo que había sufrido para traerme a este mundo donde el amor y el interés se fueron al campo un día y más pudo el interés que el amor, la necesidad tiene cara de perro, el que espabila pierde, y hay que amarrar con cadenas los televisores en los moteles.

Yo era una especie de duende callejero, miembro de una familia en cuyo árbol genealógico todas las ramas estaban torcidas, y que preferían que yo estuviera en las esquinas con los otros muchachos, jugando hasta la medianoche, siempre que los dejara ver la telenovela en paz.

“¿¡Con qué habrán alimentado a estos niños!?”, se preguntaba en voz alta la gente que pasaba. Nos criamos entre la televisión y la calle, aprendiendo a hipnotizar en cursos por correspondencia, practicando esos trucos con los perros y los gatos callejeros, doblando cucharas con el poder de la mente y, sobre todo, tratando de llegar vivos al día siguiente; en tiempos en que cualquier cosa que tenía sangre se comía y la gente creía que podías aprender matemáticas si dormías con el libro debajo de la almohada. También pensaban que la luna los seguía cuando caminaban o corrían por la calle y que si botaban un pedazo de pan a la basura era pecado porque el pan era la cara de Dios. Alguien dirá: “¡Ese man es bravo para echar embustes! ¡No le dice la verdad ni al médico!”, pero yo le respondería: “¡Nadie baja al infierno sin chamuscarse y se queda con las ganas de contar el cuento!”.

Mi principal problema, durante mi juventud, que me tuvo acomplejado durante años, es que yo era muy flaco, ¡más carne tenía una empanada de queso que yo!, ¡más nalgas se le veían a un calzoncillo colgado en un clavo!, ¡más flaco que las seis en punto en el reloj colgado en la pared! Y todo eso me llevó a soñar con ser fisiculturista. Me puse a levantar pesas de madera y cemento en un gimnasio improvisado en el patio de mi casa que mi primo Serafín se inventó; pero entre más ejercicio hacía, más flaco me ponía, y así me fui pareciendo a esos conejos, ya sin ninguna piel, que cuelgan en el mercado popular, atravesados por pedazos de madera y crucificados en el altar del hambre ajena, que siempre es mucha, porque el hambre es tan buena maestra que hasta a los animales adiestra, y más judíos hicieron cristianos el tocino y el jamón que la Santa Inquisición.

Mejor vamos a comenzar a contar por donde hay que empezar, es decir, por el principio de las cosas, mejor dicho, por el mismo origen, por allá en los amaneceres del siglo XX; aunque después vayamos más atrás, para descubrir lo que falte por boca de otros, ¡oh, sorpresa!, que el mundo ya existía antes de que naciéramos y el planeta no comenzó a girar cuando nosotros abrimos los ojos la primera vez.

Siempre es bueno hacer eso, contar las cosas anteriores, porque nunca falta el necio que piensa que estas calles no significan nada para nadie, y también sabemos que quien conoce poco, a menudo repite las mentiras ajenas, y hablando se descubren infinidad de cosas, mientras que callando se ignoran muchas. Y por eso la abuela decía: “Un muerto mató a un herido, el ciego lo vio matar, el cojo salió corriendo y el mudo se fue a contar”.

Al principio, la gente del barrio sintió como si el mundo estuviera empezando otra vez, porque podían contarse con los dedos las casas de madera levantadas en medio de la maleza, sobre troncos flacos como la vara que llevaba Moisés en las manos, según el Antiguo Testamento. He aquí el itinerario de los primeros recuerdos, borrosos como la cinta de una película muda. Todavía la tierra no estaba dividida y la gente seguía llegando, yerbas del mismo pantano, expulsados por la violencia o el hambre, desde pueblos lejanos, con sus brazos tostados por el sol del camino y gotas de sudor en los labios. Muchos de ellos no sabían el nombre y para qué servían muchas cosas, porque apenas las estaban viendo por primera vez.

Mis abuelos, Sagrario Villabona y Feliciano Bonanza vinieron de un pueblo sin nombre porque en casa siempre estuvo prohibido pronunciarlo. Se fueron huyendo de allá sólo con el Cristo por delante, porque dicen que llegó una peste de sueño que enfermó a todos sus habitantes, poniéndolos a dormir sin avisar, de un momento a otro, en medio de sus oficios diarios, y luego duraban dormidos por varios días, semanas, y despertaban con mucha hambre, aunque algunos morían durante el sueño.

Y eso también le pasó a Marlene, la hermana menor de mi madre, entonces por precaución, para evitar que toda la familia se contagiara, y pensando sin mayores temores que sería sólo por algunos pocos días, se marcharon del pueblo. Se instalaron en una posada para viajeros en la carretera; después pasaron los días y en vista de que Marlene no despertaba, emprendieron el camino de regreso a la aldea sin nombre.

En el camino se encontraron a un cartero, que estaba visiblemente alterado, con los ojos rojos, como de conejo. Les preguntó a los Bonanza hacia dónde se dirigían y ellos respondieron que hacia  la aldea sin nombre porque allá vivían.

—¡No vayan! —dijo el cartero, con la voz temblando y el rostro pálido—. ¡Eso que pasó allá no es natural! Se los digo yo que he hecho varios cursos por correspondencia y sé de muchas cosas: un vendaval con lluvia y truenos se llevó por los aires a esa aldea, los techos y paredes volaron como si fueran cometas, arrancó de raíz los árboles, todo desapareció de la faz de la Tierra, como si Dios le hubiera pasado su escoba por encima. Mejor devuélvanse. Yo no volveré a ser el mismo después de ver todo eso —y el cartero siguió su camino temblando. Se quedaron los Bonanza detenidos, sin saber qué hacer y en silencio; una hora después una mujer pasó, junto a otra gente, montados todos en burros, y les contaron la misma historia con otras palabras.

—¡Lo que yo he sufrido en esta vida no está escrito! ¡Nos salvamos porque arriba de Dios no vive nadie! —dijo la abuela Sagrario, con su pelo asegurado por una pañoleta y siempre ataviada con vestidos olorosos a naftalina—. ¡Porque nuestro Señor es justo y bueno y dulce y aquí nadie se da cuenta de eso y por eso siempre andamos jodidos!

Así que los Bonanza tuvieron que emprender el viaje en dirección a cualquier parte, en busca de una mejor suerte en la vida, porque pies para qué los tenemos, y recordando eso, algunos dijeron que quien pierde el techo se gana las estrellas del cielo. Tal vez lo más difícil de la travesía fue que llevaron consigo a la tía Marlene, nombrada así en honor a Marlene Dietrich, la actriz alemana de la que se enamoró mi abuelo Feliciano, cuando la descubrió en la primera película que vio en su vida, por allá en la zona bananera.

Mi tía se la pasó dormida durante todo el viaje en una hamaca colgada detrás de una carreta, de esas con carpas que aparecen en las películas del Lejano Oeste, y en la que hicieron gran parte del recorrido. También venían dos niños —el tío Caribú y mi madre Natividad—, que no tenían edad todavía para que después recordaran muchas cosas.

Arrojados a un viaje sin brújula, atravesaron tierras por las que se encontraron con viajantes de comercio, recaudadores de impuestos, vendedores de milagros, campesinos desterrados —casi todos por la violencia de políticos—, terratenientes y policías confabulados para robar tierras ajenas, por donde corren ríos que llevan desde siempre el color de la sangre. Muchos de esos campesinos se unieron a la caravana sin rumbo, con muchas ganas de encontrar un lugar donde las cosas fueran diferentes, y se la pasaban rezando todo el tiempo y se escondían a veces en los montes a orillas del camino para evitar el contacto con gente extraña y los peligros propios del recorrido.

Vieron vaqueros, cirqueros, santones locos con túnicas sucias de tierra, gitanos criadores de caballos, evangelizadores pentecostales, ladrones y buscavidas. Hasta que llegaron a una carretera, que de acuerdo con el horizonte, no parecía tener ningún final, y por cuyas orillas continuaron, sólo con la ilusión de que en algún momento apareciera algo que se pareciera a la tierra prometida.

Apenas llegaba la noche, acampaban en la orilla, encendían fogatas y echaban cuentos, unos detrás de otros, porque había gente que tenía la lengua más larga que el cuerpo. Sólo una cosa tenían algunos más larga que la lengua: ¡El sexto sentido!, como el de mi abuela y otras mujeres de la caravana, pues ya sabemos que cuando dos o más mujeres se reúnen, Dios y el Diablo se buscan un rincón muy cerca, escuchan y aprenden. Fue esa intuición la que les señaló el lugar a orillas de la ciudad donde debía fundarse Barrio Bomba.

A la abuela todo ese viaje le recreaba la travesía del pueblo judío por el desierto, aunque este camino era más peligroso, porque es mil veces mejor lidiar con los peligros de la naturaleza que con el alma de los hombres, decía. A veces sentía que los pies se le partían sobre la carretera, bajo la luz de la estrella más cercana. ¡Caminando se llega a cualquier parte y para quien no sabe a dónde va, cualquier dirección sirve! Son cosas que se saben y no necesitan explicación.

Y llegó una mañana en que la abuela Sagrario despertó de un sueño, en el que un pájaro rojo se le apareció y ocurrió que ella se bajó de la hamaca poniendo el pie derecho, como siempre, para empezar con buena suerte el nuevo día, y vio el pájaro de su sueño picoteando en el suelo a su lado. Así que ella salió de la carpa y siguió el camino del pájaro hasta un árbol, desde cuyas ramas el pájaro rojo le soltó una cagada en la cabeza para luego volar y perderse en el horizonte.

Mi abuela, de quien decían que era clarividente, sintió que esa era una señal de la providencia: el largo camino que los había traído hasta allí había terminado. “El destino metió su mano, ya dio la señal de que llegáramos hasta aquí y yo no me hago la sorda con los mandatos de Dios”. Volvió a la carpa, sacó un machete, se recogió el pelo en un moño, y empezó a limpiar el terreno donde los Bonanza levantaron la primera casa del barrio. Hasta el viento sonrió agradecido con esa decisión, porque ya estaba cansado de acompañarlos.

Y cuenta también el abuelo Feliciano que esa misma mañana ocurrió otro suceso; encontraron a un muchacho colgado de un árbol, cerca del campamento. Se llamaba Primigenio Castellanos. Aquel viento lo mecía como a una cometa equivocada, tenía las manos separadas del cuerpo, como si en el último momento hubiera querido apartar a la muerte. En el bolsillo de su camisa llevaba una nota en la que pedía que no culparan a nadie y explicaba que se había matado por amor.

Aquel ahorcado, Primigenio, había sido rechazado por una muchacha llamada Asunción Materano, que tenía los ojos enormes de un halcón peregrino, se doblaba los párpados hacia arriba para asustar a los niños, y se podía tocar también la punta de la nariz con la lengua. Tenía un rostro dulce de princesa mestiza y tomaba cerveza y ron como un albañil recién pagado.

Nunca lo pongan en duda: el hombre pone, Dios dispone, llega el Diablo y todo lo descompone. Después de verla en la calle y cruzar algunas palabras con ella, el muchacho se enamoró a primera vista. Después conversaron algunas veces, él depositó todas sus esperanzas en la muchacha, pero ella dejó de prestarle atención, mientras que Primigenio —con el corazón en los huesos— se puso a escribirle poemas, decía él que la lengua se le volvía más dulce con sólo pronunciar su nombre; pero la boca de ella ya estaba cantando para otro lado —y hacia donde el corazón se inclina el corazón camina—, enloquecida de amor y lujuria por uno de los policías de carretera que frecuentaba los caminos en una motocicleta, en donde Asunción se montaba y él después se la llevaba por los caminos secundarios, viejo cazador de animales montaraces. Muy pronto, la muchacha quedó embarazada, con las manos en la cabeza y sin saber qué hacer.

Ya para esos días, Primigenio se había convertido en un escribidor de versos sin academia ni salones de clases. Sólo por la obra del amor y gracias a un cuadernillo de poesía que alguien dejó abandonado en una caja de basura de la carretera, donde salían publicados versos de Neruda, Juan Ramón Jiménez, Alfonsina Storni y muchos más, empezó a leer tantos poemas que la poesía se le terminó metiendo en la sangre y secándole los sesos. A pesar de todo, no le alcanzó la vida para leer a Catulo, el poeta latino, que se reprendía por enamorarse:

 

¡Desgraciado Catulo, deja de hacer tonterías,

y lo que ves perdido, dalo por perdido!

Ahora ella ya no quiere, tú, no seas débil, tampoco,

ni sigas sus pasos ni vivas desgraciado,

sino endurece tu corazón y mantente firme.

 

Algunos amigos, ya cansados de que hablara tanto de esa mujer, le pedían a Primigenio que abriera la boca para ver si todavía tenía dientes de leche. “¡No seas ingenuo! ¡No confundas la cerveza con el agua de lavar los platos! ¿Acaso no ves, pendejo, que la sal también parece azúcar? Ya olvídate de esa mujer, no le des más cuerda, ¡tanta mujer en el mundo y te vas a enamorar de la más sinvergüenza de la caravana! ¡Ojos hay que de lagañas se enamoran! ¡Esa muchacha hasta regalada sale cara! ¡Ya deja de sacarle brillo al cobre para que parezca oro! ¡No seas tonto, pero sobre todo no seas cursi! ¡El que ruega por amor sufre por huevón!”.

Ante lo cual Primigenio respondía: —¿Cursi yo? Cursi es la noche que me acaricia con su ausencia y me besa con el frío de los recuerdos de ella, cursis los caminos que confabulan para llevarme siempre a su recuerdo, cursi saber que el tiempo nos separa sin medir distancias.

Sin embargo, el poeta no hacía caso a los consejos, porque quien no entiende una mirada, jamás comprenderá una larga explicación, y así quedó desde entonces atrapado en las cárceles de la melancolía. Algunos lo llamaban el astronauta, porque se la pasaba en la luna, siempre pensando en esa mujer; es que la veía y el viento empezaba a traer música de violines, su pecho se volvía un cielo cruzado de pájaros de todos los colores y su corazón latía como un trueno enjaulado. “¡Yo por ti, mujer, levanto imperios en la cabeza de un alfiler! ¡Hasta grabo en la penca de un maguey nuestros nombres!”.

A veces leía a sus amigos los poemas que le escribía a su amor no correspondido. Decía que la palabra que más se le parecía a esa muchacha, Asunción, era inefable, pues ella no podía ser descrita con palabras y poseía cualidades maravillosas. A esto los amigos respondían: “por supuesto que es maravillosa, idiota, y por eso todos quieren un pedazo de ese pastel. Ya confórmate y sigue tu camino silbando y pateando piedras”.

“Más fuerte era Sansón y lo venció el amor”, dijo uno de los que ayudó a bajar el cuerpo de Primigenio del árbol, y luego se hizo la señal de la cruz. Se necesitaron tres hombres para bajarlo, porque los hombres pesan más cuando están muertos que cuando están vivos, y lo pusieron sobre una mesa de cocina a la intemperie. Uno de los presentes tomó la misma cuerda con la que se había colgado el muchacho y midió la estatura del cadáver. Alguien preguntó por qué lo hacía y el otro respondió: “para tener la medida del ataúd que necesitarán para sepultarlo. Hay gente que se encoge cuando muere y existen otros que se ponen a crecer más rápido. Todo el mundo sabe eso. Así pasa cuando el Señor llama a sus criaturas”.

Mientras velaban el cuerpo del muchacho debajo de una gran carpa comunal, aparecieron familiares y curiosos; algunos empezaron a quemar ramas de naranjo y hojas tiernas de eucalipto para abrirle al muerto su camino hacia el más allá, y que su alma se llevara un buen recuerdo de este plano terrenal. Alguien también llegó con un Cristo de madera, juntó las manos del difunto, y colocó el crucifijo entre los dedos que ya estaban endurecidos. Ninguna muerte es bonita, pero los que mueren de amor, como este muchacho, despiertan en muchos el deseo de vivir.

A Primigenio lo enterraron en un sitio cerca del campamento. La abuela del muchacho dijo que le daba tristeza dejarlo allí tan solo, en medio de la nada, al niño de sus ojos, y decidió quedarse a vivir allí. Una amiga imprudente le preguntó públicamente a la abuela qué pensaba sobre la muchacha esa, Asunción, por la que Primigenio se había quitado la vida. La abuela respondió: “¡Arriba está el que para abajo mira y no es un murciélago! ¡Ojalá Dios la lleve por buen camino y también la ilumine con un rayo en la cabeza!”.

Y así fue que también los demás miembros de la caravana decidieron quedarse, porque de igual manera creyeron advertir en todo eso una señal de la providencia y además ya estaban cansados de andar sin rumbo por los caminos del mundo. Así fue como empezaron a cortar la sombra del monte, arrancar todas las yerbas y a construir casas con los materiales que tenían a la mano, sin preguntarse en ningún momento a quién pertenecían esas nuevas tierras. “¡Yo no nací el día de los temblores! ¡El que tenga miedo, que se compre un perro!”, dicen que dijo entonces mi abuelo Feliciano Bonanza.

A la muchacha Asunción le preguntaron una vez por qué había despreciado los amores del poeta que había tomado tan mortal decisión. Sin ninguna contemplación, ella respondió que Primigenio era muy aburrido, medio pendejo, es decir, pobre de espíritu y voluntad, como si el mundo le debiera algo a alguien, y todos sabemos que a los pendejos ni mi Dios los quiere. “Además, nunca me agarró ni la mano, ¡y el que quiere besar busca la boca!”.

Alegrías siempre hay en la vida, como también existen desgracias, y estas últimas a veces vienen juntas y hasta cogidas de la mano. Nadie sabe a qué orilla lo va a llevar el río. Al final tampoco a la muchacha Asunción le fue muy bien, porque el camino de la vida es largo y culebrero, y cuando el policía se enteró de que Asunción estaba embarazada, nunca más volvió a aparecer por su camino y ella tuvo que parir la criatura con mucho esfuerzo mientras lloraba de amor por su amante perdido.

Asunción terminó trabajando en el primer prostíbulo que tuvo el barrio, en donde algunas noches se pasaba de tragos y se burlaba de la locura cometida por el muchacho suicida. Cuando le pedían respeto por el descanso del muerto, decía: “¡Pero por qué callar, si nacimos gritando, no somos ratones de iglesia! Y es que fuego que prende solo no necesita leña. Por eso yo prefiero en esta y también en la otra vida a un hombre que me ponga a gozar en la cama, en vez de alguien que ande calentándome las orejas con versos, porque las palabras se las lleva el viento, pero el cuerpo nunca olvida”. Y pensar ahora que lo irónico es que son las palabras las que rescatan del olvido estas historias que hoy sólo sobreviven en algunas pocas cabezas.

 

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