Desde acá

Tres poemas de Aurelio Arturo

Aurelio Arturo

Desde acá presentamos tres poemas de Aurelio Arturo, voz esencial de la poesía colombiana del siglo XX.

CLIMA

 

Este verde poema, hoja por hoja,

lo mece un viento fértil, suroeste;

este poema es un país que sueña,

nube de luz y brisa de hojas verdes.

 

Tumbos del agua, piedras, nubes, hojas

y un soplo ágil en todo, son el canto.

Palmas había, palmas y las brisas

y una luz como espadas por el ámbito.

 

El viento fiel que mece mi poema,

el viento fiel que la canción impele,

hojas meció, nubes meció, contento

de mecer nubes blancas y hojas verdes.

 

Yo soy la voz que al viento dio canciones

puras en el oeste de mis nubes;

mi corazón en toda palma, roto

dátil, unió los horizontes múltiples.

 

Y en mi país apacentando nubes,

puse en el sur mi corazón, y al norte,

cual dos aves rapaces, persiguieron

mis ojos, el rebaño de horizontes.

 

La vida es bella, dura mano, dedos

tímidos al formar el frágil vaso

de tu canción, lo colmes de tu gozo

o de escondidas mieles de tu llanto.

 

Este verde poema, hoja por hoja

lo mece un viento fértil, un esbelto

viento que amó del sur hierbas y cielos,

este poema es el país del viento.

 

Bajo un cielo de espadas, tierra oscura,

árboles verdes, verde algarabía

de las hojas menudas y el moroso

viento mueve las hojas y los días.

 

Dance el viento y las verdes lontananzas

me llamen con recónditos rumores:

dócil mujer, de miel henchido el seno,

amó bajo las palmas mis canciones.

 

 

CANCIÓN DE LA NOCHE CALLADA

 

En la noche balsámica, en la noche,   

cuando suben las hojas hasta ser las estrellas,  

oigo crecer las mujeres en la penumbra malva  

y caer de sus párpados la sombra gota a gota.  

 

Oigo engrosar sus brazos en las hondas penumbras  

y podría oir el quebrarse de una espiga en el campo.  

 

Una palabra canta en mi corazón, susurrante  

hoja verde sin fin cayendo. En la noche balsámica,   

cuando la sombra es el crecer desmesurado de los árboles.  

me besa un largo sueño de viajes prodigiosos  

y hay en mi corazón una gran luz de sol y maravilla.  

 

En medio de una noche con rumor de floresta   

como el ruido levísimo del caer de una estrella,  

yo desperté en un sueño de espigas de oro trémulo  

junto del cuerpo núbil de una mujer morena  

y dulce, como a la orilla de un valle dormido.   

 

Y en la noche de hojas y estrellas murmurantes,  

yo amé un país y es de su limo oscuro  

parva porción el corazón acerbo;  

yo amé un país que me es una doncella,  

un rumor hondo, un fluir sin fin, un árbol suave.  

 

Yo amé un país y de él traje una estrella  

que me es herida en el costado, y traje  

un grito de mujer entre mi carne.  

 

En la noche balsámica, noche joven y suave,  

cuando las altas hojas ya son de luz, eternas . . . 

 

Mas si tu cuerpo es tierra donde la sombra crece,  

si ya en tus ojos caen sin fin estrellas grandes,  

¿qué encontraré en los valles que rizan alas breves?,  

¿qué lumbre buscaré sin días y sin noches?

 

 

SEQUÍA

 

Porque la sed había herido toda cosa,

todo ser, toda tierra de hombres…

Y nunca más volvería la lluvia.

 

Y moría la aldea en el silencio de bronce.

Los flacos perros alargaban sus lenguas hasta las galaxias.

¿Y sólo en secreto saben hablar los bosques?

 

Y la sed enseñaba palabras procaces,

era un recuerdo de savias y frutas,

era un lirio de hielo abierto en todo el cielo.

Y dijo el hombre: aquí junto a mi lecho

perros de sed y fuego saltan a mi garganta…

Pero más allá de las lontananzas

oigo venir la lluvia danzando jubilosa

con violetas y rosas,

la siento venir en distancias de años,

sus pies menudos, finos y saltarines.

 

Si lloviera en la aldea,

sobre los valles que bostezan secos,

si lloviera sobre las alfombras del monte,

sobre la noche de rocas amarillas.

 

Una delgada aguja había,

perdida,

en la profusa sombra,

una agujita de agua.

 

Y la joven madre cobriza

inclinada y desnuda como hoja de plátano,

prendido de sus senos

tiene un hijo de barro,

otros días los cielos tímidos descendían

a picotear los granos en su palma de greda.

 

¿Dónde el agua desnuda,

el agua que brilla y canta?

 

El agua es en la noche como una luz opaca.

 

Y esa palabra húmeda sonando lejos en el monte.

Ese fresco tambor no se sabe en dónde.

 

Aurelio Arturo (1906-1974). Poeta y abogado colombiano. Creció en la hacienda de sus padres, ubicada en La Unión (departamento de Nariño), en un entorno rural marcado por los paisajes andinos y el influjo de la música y las tradiciones locales. Estudió Derecho en la Universidad Externado de Colombia, donde se graduó en 1937. Ejerció diversas funciones profesionales, entre ellas la de profesor y la de magistrado en la Corte de Trabajo y la Corte Militar. Lento y depurado en su labor poética, publicó en vida un único libro, Morada al sur, que reúne trece poemas escritos a lo largo de dos décadas y con el cual obtuvo el Premio Nacional de Poesía Guillermo Valencia en 1963.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *