Plantígrados presenta una selección de siete minificciones de la poeta y narradora puertorriqueña Melissa Alvarado Sierra.
LA RIFA
“Hoy sí que toca”, dijo la vecina pegando los papelitos de la rifa semanal en la pared del colmado. “¿Y el premio?”, pregunté. “Que te devuelvan algo que perdiste.” Me tocó el 17. Esa noche, la lluvia repiqueteó como si contara monedas. En la cocina, mami había dejado un vaso de agua grande para los muertos. “Si ves una sombra, no te asustes”, dijo antes de irse a dormir. “Ah y ganó el 17!, ¿sabías?”, gritó desde el cuarto. A las doce, la puerta se abrió sola. “Llegaste tarde, nene”, dije sin pensar. Era mi hermano, quince años hinchados de dolor, con el uniforme de pelota todavía tostado. “Siempre me da miedo llegar tarde”, respondió. Nos sentamos. “Mira lo que encontré”, me dijo. Y me devolvió el llavero azul que le regalé antes del accidente. Tenía mucha sed. Al amanecer, la vecina tocó mi ventana. “¿Y el premio?”, preguntó en voz baja. “Aquí”, le dije, mostrándole el llavero.
LA CUERDA
“Amarren lo que les hace daño”, dijo el sacristán, prestándonos cordel negro mientras la iglesia seguía en reparación, polvo en los vitrales. “¿Y si lo que me hace daño tiene mi apellido?”, pregunté. “Se amarra igual”. Enrollé la cuerda alrededor de un papel con un nombre que no le dije a nadie. Afuera, la tarde se puso turbia. Me acosté a dormir temprano. Al día siguiente, el hombre me saludó con una sonrisa que no le pertenecía. “¿Nos conocemos?”, preguntó, como si su memoria se hubiera quedado en el día anterior. “Ya no”, contesté.
INVENTARIO DE TORMENTA
Antes del huracán, hice una lista. La sortija centenaria, la foto de abuela en el jardín, la piedra de río en forma de corazón, la frase que más me alegraba. “¿Para qué apuntas eso?”, preguntó mi esposo. “Para que no se me pierda lo que quiero.” El viento llegó con dientes. En medio del ruido, escuché a los ancestros decirme “hay una ventana abierta”. La cerré como pude y luego metí mi lista bajo el colchón. Pero era muy tarde. La lista se fue volando. “¿Y ahora?” Entonces recordé la frase. “Todo regresa”.
LA QUE VENDÍA CLARIDAD
En el mercado de St. Croix, la Señora Joan vendía “claridad por onzas” en frascos reciclados. “No me engañe,” le dije. “Yo no vendo mentiras”, respondió, sacudiendo el frasco. Adentro se veía un trocito de horizonte. “¿Y cuánto dura?” “Hasta que te atrevas a mirarte”. Lo compré. La isla había estado corrida dos o tres pies. La sombra no cuadraba bien con la palma, el perro ladraba a un lugar sin puerta, el viento soplaba a donde no era. Abrí el frasco y el aire olió a sargazo del bueno. La palma se alineó de golpe con la sombra, el perro ladró hacia la salida, el viento levantó mi cabello. Todo pasó como cuando enderezas un cuadro torcido. “¿Ves?”, dijo Joan detrás de mí en el espejo. “La claridad es exacta”. Y sí. Exacto era el peso que me quité del pecho ese día.
EL TRUEQUE DEL MALECÓN
“Trae algo viejo y el mar te devuelve algo equivalente”, decía un cartel al lado del pincho man posteado en el malecón. Llevé mis diarios de niña. “Estás segura”, preguntó mami, “eso puede doler”. “Más duele cargar”, dije. Dejé los diarios en una bolsa sobre la orilla. Los demás dejaron aretes, un reloj, una carta. El mar les devolvió una cajita de oro, unos zapatos de piel, y una receta perdida de pan de coco. A mí me devolvió un grito de coraje. “¿Y eso pa’ qué sirve?”, pregunté. “Pa’ cerrar puertas”, dijo el mar. Días después, cuando llamó el número oculto que me hacía temblar, el grito salió solo, limpio, y la llamada se cayó como mangó pasado. “Aprendiste”, dijo el mar. Y al fin me fui a dormir ligera.
DÍA DE MUDA
El municipio anunció el “Día de mudar la piel”. Todos en camisa blanca, uñas cortas, nadie con relojes o aretes. En la plaza, la lona brillaba como costado de pez. Una campana sonó. “Me toca”, dijo mi hermana. Me sorprendió, era demasiado joven. La piel vieja cayó al piso como vestido mojado y la nueva apareció, resplandeciente aunque muy grande todavía. “Te queda linda”, le dije. “Me queda tan mía”, dijo. Luego subimos la cuesta hacia la casa. En los balcones vecinos colgaban pieles que parecían sábanas, que parecían banderas. Por la noche, guardé su piel vieja en una caja con alcanfor. “No la botes”, dijo ella desde el cuarto. “Pues la voy a sembrar”, dije. La enterré junto a la mata de plátano. A las semanas, le brotaron hojas con lunares iguales a los de mi hermana. La vieja piel en su nuevo hogar. Ella, siempre la ausente, ahora un poco presente.
TURNO 33
El hospital siempre está lleno y, sin embargo, atienden justo cuando uno se rinde. Ya estaba llegando a la puerta de salida cuando la escuché. “Turno 33!” gritó la enfermera, lápiz en la oreja. “Soy yo”, dije, regresando lento a propósito. “¿Qué la trae?” “Una truculencia vieja que no quiere jubilarse”, le dije. Me tomó la presión, me miró las manos, miró mi historial. “Respira”, dijo. Afuera lloviznaba. “¿Y si no se va?”, le pregunté. “No todo se va; algunas cosas aprenden a quedarse”. Me escribió en un papel. “Alta por hoy”. “Esto no cura”, dije. “No. Pero te deja salir de aquí”. Al salir de allí, el aguacero ya había llegado. Y yo llegué a casa tarde. La crueldad me esperaba, flotaba por toda la sala. Me serví un té y me senté, mirándola de reojo.
Melissa Alvarado Sierra. Cayey (Puerto Rico), 1981. Tiene una maestría en literatura latinoamericana (Universidad de Barcelona), un MFA en escritura (Mountainview) y cursa un actualmente un doctorado en literatura caribeña. Actualmente revisa su primer poemario y escribe una novela. Su trabajo ha aparecido en la revistas Montaje, Kametsa, La Raíz Invertida, Santa Rabia Poetry, y en la revista italiana Il Detonatore. También en The New York Times, Orion Magazine, Lonely Planet, Atticus Review, y Catapult. Su obra forma parte de varias antologías, entre ellas The world we need, Di lo que quieres decir, The caribbean writer, Living in wonder, y Geometría del asombro.